El pasado febrero dos países se lanzaron a La Revolución. Y cuando casi todo el mundo se vanagloriaba y se felicitaba de lo bien que había ido, resulta que vinieron unos señores uniformados, derogaron la constitución y empezaron a cimentar su nuevo momentum para poder quedarse un ratito más.
Esa fue otra lección más de lo que es el dospuntocerismo: la banalización de la inmediatez.
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