Estoy sentada en un café. El sol brilla, y en lo primero en lo que clavo la mirada es en las enormes palmeras y en sus palmas al vaivén del viento, y después en Angela Davis que se acerca con una manta de yoga en la espalda,
me sonríe y me pregunta cómo estoy. Nos habíamos conocido hace poco en un
evento. En los tres cortos meses que llevo viviendo en California he tenido encuentros de los me habrían mantenido en pie por años en Alemania. A veces hubiera deseado haber crecido aquí y no haber t
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